sábado, 9 de agosto de 2008

Chicas de Lviv

Estoy en Lviv, Ucrania, una ciudad de la que hace un mes ni conocía su existencia. ¿Que qué hago aquí? Bueno, sería largo de explicar... Soy un animal de costumbres con una periódica doble personalidad aventurera. Me encanta una vida monótona y tranquila, hasta que decido ayudar al guionista de esta puta vida a dar un giro inesperado. Al fin y al cabo esa es la sal de la existencia, un libreto anónimo para una película en la que actuamos por intuición, pero que va volviendo interesante, ya que la trama es cambiante e imprevisible. Me dirán que el final lo conocemos todos, pero yo soy de los que piensan que parte del interés de llegar al desenlace está en el qué pasará luego, si habrá secuela o "remake", cuando terminen los títulos de crédito y se enciendan las luces de la sala.

Aunque advierto que hoy no les hablo de cine, porque mi presencia en esta hermosa ciudad ucraniana, centroeuropea, con una larga historia de posesiones polacas y austro-húngaras, nada tiene que ver con el Séptimo Arte, sino con vacación y locura, con la búsqueda de una quimera. Lviv, en este agosto, estalla de luz y de vida. Sus habitantes llenan las calles, rodean los monumentos de estilo neoclásico, las iglesias de cultos católicos polacos y ortodoxos, disfrutan de los bulevares y las avenidas, se sientan en las terrazas de los bares repletas de flores... Pero sobre todo, para mí, Lviv es el escenario para una diaria recaída en el mal de Stendhal, el doloroso disfrute de un espectáculo artístico que no es séptimo, sino primero: las mujeres.

Lo siento, puedo parecer prosaico, pero desde mi tierna infancia he considerado al elemento femenino, con todas sus contradicciones e inexplicables comportamientos, como un espectáculo de belleza y gracia. además de una presencia necesaria para la felicidad (e inevitable infierno de dolor en ocasiones). Mujeres hermosas las hay en todas partes. Lo que diferencia un país o una ciudad es la cantidad y la calidad. Y aquí, ambas son supremas. Las ucranianas sólo son comparables en belleza a colombianas o venezolanas, aunque obviamente en un estilo bien distinto. Aquí tienen -además- gracia y elegancia, a veces sencillez, a veces sofisticación, pero siempre encanto.

Disfruto sentándome en una terraza o en banco de un paseo, y viéndolas pasar, solas, en parejas o grupos, con los novios, maridos o niños... Preciosas ninfas de largos y lacios cabellos rubios, morenas con flequillo y narices respingonas, jóvenes de rasgos eslavos o de simple e indefinible belleza sin patria de la que llena las revistas de modas, ojos de gatas, largas piernas de modelos de pasarela, en ocasiones redondas curvas mediterráneas... Un regalo del cielo o del guionista de mi vida por el que estoy francamente agradecido.

Ni que decir tiene que me conformo con mirar y suspirar. Por costumbre y porque aquí todas o casi todas no saben inglés y sólo hablan ucraniano o ruso. Además sería turbar su tranquilidad y quizás romper el encanto de lo bello e inalcanzable. Me conformo con miradas furtivas, contemplaciones a distancia, fantasías e imaginaciones de lo que nunca ocurrirá... o como diría Julieta Venegas... de lo que no merezco o quizás sí, pero aunque yo quiera, ellas no.

viernes, 8 de agosto de 2008

Humo, alcohol y ambiciones

Acabo de terminar la primera temporada de la serie televisiva "Mad men", creada por Matthew Weiner. He de reconocer que llevo unos meses sumido en la adicción a las series... a las buenas, quiero decir. Sin embargo, asumo que el grado de "enganche" que pueden crear no debe diferir del que sufren las amas de casa o las jovencitas que no se pierden un capítulo de los culebrones latinoamericanos. No sé muy bien como empezó... Quizás fuese por culpa de "A dos metros bajo tierra". La familia Fisher se convirtió durante cinco temporadas en gente tan próxima como mi propia familia. Cada uno de sus miembros tenía algo entrañable para mí. Me reconocía en sus miserias, alegrías, errores y triunfos. La gran virtud de las buenas series, y ahí creo que nadie mejor que la última hornada de guionistas y productores norteamericanos desde principios de este siglo, es que son tremendamente creíbles por su humanidad y realismo.

Lo mismo le pasa a "Mad men", un retrato de personajes en una época de trascendental cambio de costumbres, los años 60. Creo que se pasan un poco con los cigarrillos (todos fuman, incluso las embarazadas...) y algo con el alcohol (chupan whisky como secantes), pero la reconstrucción de la época es brillante, así como su "casting". Sin embargo, lo mejor son sus guiones, en los que se refleja la mediocridad, la grandeza, la villanía, la ambición, la debilidad, el miedo, las contradicciones... todo eso que somos como personas y que no ha cambiado en 40 años... o quizás en 40 siglos.

Si nos fijamos en las grandes películas de Hollywood -y hoy la televisión de ficción después de décadas de ser puro entretenimiento vacuo se ha convertido en heredera de su mejor época- basan su éxito en su universalidad. Nada más universal que el ser humano. Por encima de nacionalidad, religiones y costumbres somos iguales, nuestras pulsiones son intercambiables. Estamos hechos del mismo barro, a ratos hediondo, a ratos brillante. Y de ese tintero sacan sus líneas los guionistas de "Mad men".

Hoy leo que los "creadores" de la serie (?), que emite en USA la cadena AMC y en España Canal Plus y pronto Cuatro, adaptarán en formato de serie la cinta de Coppola "La conversación", y mantendrán la época (mediados de los 70) de la trama original. Espero ansiosamente el resultado, aunque por ahora aguarde mucho antes la segunda temporada de "Mad men", que acaba de empezar al otro lado del charco.

sábado, 19 de julio de 2008

La pervivencia de los mitos

Llega un nuevo "Batman", dicen que interesante (lo veré en pocos días) y se preparan al menos un par de proyectos sobre Sherlock Holmes. La mitología no cesa. Homenaje o plagio (o más bien simple negocio), regresan una y otra vez personajes del pasado, de las infancias, a veces sin el más mínimo atisbo de respeto.

Y cuando esto ocurre, normalmente el fracaso les acompañan. Lejos de mi intención y mi trayectoria vital parecer racista, pero muchos quedamos impactados al ver a Jim West convertido en Will Smith, seriamente disgustados al contemplar a Meteoro en un cocktail intragable de colores y animaciones 3-D o -hablando de Batman- al justiciero de negro, y a su "socio" Robin en una especie de pareja "gay" según Joel Schumacher. Está claro que el error no es de punto de partida, sino de desarrollo y resultado, y quisiera dejar claro que se puede desmitificar o caricaturizar a nuestros más queridos personajes, pero sin maltratarlos a ellos y a sus "fans". Un buen ejemplo es "La vida privada de Sherlock Holmes", de Billy Wilder, que humaniza con el arma de la ironía al estirado personaje de Sir Arthur Conan Doyle. También es estimable el cambio de timón en las aventuras de criaturas tan inagotables como 007 (véase "Casino Royale").

Particularmente, me sorprende bastante el empeño de los estudios norteamericanos por rescatar héroes del pasado de los que las nuevas generaciones tienen pocas referencias. Estoy pensando por ejemplo en el ya citado "Meteoro" o en el "Super Agente 86". Es evidente que Hollywood se mueve por criterios propiamente marketineros, y una de las reglas del negocio es buscar la familiaridad del consumidor con el producto. De paso, los propietarios de los derechos de aquellas vetustas obras de los años 60 pueden aprovechar para reeditarlas en DVD o revenderlas a las teles del mundo, y negocio redondo... Lo que ya no tengo tan claro es que los originales receptores de esos productos sean aún el mercado natural de las nuevas versiones. Cuarentones o cincuentones apenas pisamos los cines.

Si se dan cuenta, los mitos primero vinieron de la literatura (Tarzán, Sherlock Holmes, los Tres Mosqueteros, James Bond...), luego del cómic (Batman, Supermán, Flash Gordon y la factoría Marvel...) y ahora finalmente de la tele. Quizás el día de mañana aparezcan nuevos héroes creados para internet. Si todos ellos acaban o permanecen en el cine será que el Séptimo Arte, a pesar de las pantallas de plasma y el olor a palomitas de maíz, sigue vivo.

jueves, 26 de junio de 2008

Pedro y la Pérfida Albión

Pedro Almodóvar ha respondido al crítico de The Guardian que le culpó de "monopolizar" la distribución internacional del cine español. Acabo de leer ese texto y sólo al principio y de pasada Paul Julian Smith cita al manchego, para luego comentar algunas de las cintas del Festival de Cine Español que se ha desarrollado en la capital británica. Tan exagerada es la afirmación del columnista inglés como la respuesta de Pedro, por un simple rasguño en el fondo no tan malintencionado.

Obviamente a cualquiera con dos dedos de frente se le ocurre que ni Pedro Almodóvar ni Martin Scorsese tienen mucho que ver con la distribución de sus películas por el mundo. Las hacen, y por lo bien que las hacen -o las han hecho- son compradas y estrenadas. Ni ellos ni ningún otro cineasta, incluso siendo a la vez productor, tiene la potestad de decidir dónde y cómo se estrenan sus cintas, porque son empresas foráneas las que las adquieren. No hay cupos. Dudo que una distribuidora británica se plantee comprar 2, 3 o 20 películas españolas, ni los exhibidores les limitan ese número. Simplemente compran aquello que consideran les resultará rentable. Para bien o para mal (yo creo que para bien) las películas de Almodóvar son adquiridas en todo el mundo, porque es el cineasta español más universal. La industria del cine no se rige por criterios de justicia, sino por los mismos que la de la alimentación o el automóvil: criterios de mercado. Como ciudadano de este reino, me encantaría que se distribuyeran muchas más películas españolas. De hecho muchas salen, se compran (sobre todo para TV) y circulan, aunque sus directores sean mucho menos conocidos. Hace poco Gutiérrez Aragón dijo que gracias a la piratería se podían encontrar en las calles chinas films españoles que nunca se estrenan en sus salas.

O sea, que Smith, como bien afirma Pedro, ha escrito una tontería. Lo que me sorprende es que el manchego, rodando ahora mismito en Lanzarote su nuevo film "Los abrazos rotos", pierda su tiempo -precioso, en buena lógica- para responder a un comentario marginal que descalifica a su autor como cualquier lector medianamente avezado es capaz de entender. Bien es sabido que los críticos viven en general de pontificar sobre lo divino y lo humano.

Quizás Almodóvar está demasiado preocupado sobre todo lo que sobre él se escribe. Entiendo que un texto argumentativo y prolijo -no es el caso del de The Guardian- merezca su comentario, pero vuelvo a insistir, el de Smith es un alegato en favor de que lleguen a Gran Bretaña más películas españolas, no un ataque contra Pedro Almodóvar y su cine. En cualquier caso, tiene razón el cineasta manchego en pedir que le deje a él tranquilo y llame monopolistas a los distribuidores de la "Pérfida Albión" que no compran demasiadas películas no anglosajonas. Por mi parte, sólo puedo expresar el deseo de que salgan en España muchos más Almodóvares con tanto talento para hacer cine y promocionarse como el original.

sábado, 17 de mayo de 2008

Quien de su mano muere...

El Festival de Sevilla, especializado en cine europeo, ha quedado descabezado. Su fundador, Manuel Grosso, ha visto esta semana aceptada su dimisión, un gesto no precisamente voluntario, sino consecuencia de la imposición por parte del Ayuntamiento de la capital hispalense de un modelo de gestión que recortaba claramente las funciones del fundador del certamen. El año pasado, la Andalucía Film Commission, que dirige Carlos Rosado, se ocupó de buena parte de su organización, y a principios de este año el mismo organismo se hizo con el control de otro festival de la región, el de Islantilla, del que hoy Rosado es director, convirtiéndolo en un certamen fundamentalmente de televisión.

Sevilla, en sus cuatro años de existencia, ha sobresalido como el más exitoso de los certámenes de reciente creación en España. Vino a llenar un hueco y logró un notable prestigio continental, unido a un suceso más que importante entre el público local que llenaba las salas para ver películas que difícilmente entran en los circuitos comerciales. En gran medida ha sido Grosso, con sus relaciones y su visión, el diseñador de este éxito.

Trabajé a sus órdenes como jefe de prensa en la segunda edición y programador en la tercera. Renuncié al puesto antes de la cuarta porque me interesó ampliar horizontes y trabajar para otros festivales de América Latina una parte del año. Intenté compatibilizarlo, pero no pudo ser...

El Ayuntamiento de Sevilla, mareando la perdiz, cedió a la sed de poder de la Andalucía Film Commission y de su responsable, cediéndole la gestión del festival. No puede decirse que ésta haya sido brillante: facturas sin pagar, oficina cerrada desde enero y contratos del personal no renovados. Todo ello complica mucho el mantenimiento del nivel alcanzado cuando faltan menos de seis meses para la celebración de la próxima edición.

La pregunta es obvia: ¿Qué pinta una Film Commission en este circo? Para quien no sepa qué es una institución de este tipo, he aquí una definición extraída de la web de la madrileña: "Una Film Commission es una entidad destinada a facilitar a los productores audiovisuales nacionales e internacionales toda la información que precisen para la realización de rodajes en un determinado lugar. Promociona con su trabajo la industria audiovisual y la propia zona en la que opera".

La andaluza, a pesar de que su actuación práctica supere visiblemente esos objetivos, no difiere mucho en cuanto a declaraciones. Así, en su web oficial cita tres finalidades: Promover Andalucía en el mundo como localización idónea para rodaje de producciones audiovisuales; Promover el sector audiovisual andaluz en el ámbito nacional e internacional; Agilizar la ejecución de los rodajes y auxiliar a las productoras en las posibilidades logísticas de Andalucía.

Por si quedaba alguna duda, basta con visitar la web de Association of Film Commissioners International (AFCI), donde nuevamente encontramos como finalidad de estas instituciones "asisitir a la producción de películas, televisión y vídeo a través del mundo".

¿Qué tiene pues que ver un festival de cine europeo y otro de Televisión en la promoción de los rodajes? Poco o nada... pero el hecho es que las ambiciones de poder del señor Rosado no conocen límite y mucho menos se dan por satisfechas con la verdadera función que tiene una Film Commission.

En buena lógica, Manuel Grosso, avalado por sus resultados, quiso garantizar el futuro del festival con la creación de una fundación o patronato que como ocurre con otros certámenes españoles mantuviera su autonomía. No se lo permitieron y le obligaron a dimitir.

Mucho me temo que a pesar de que ahora nombren a otro director, será Rosado y su Film Commission quienes lo controlen y -ojalá me equivoque- el prestigio que el Festival de Sevilla alcanzó se diluya. Es una pena, pero los políticos, para bien o para mal, mandan y deciden.

lunes, 5 de mayo de 2008

Nostalgia del meteórico blanco y negro

Estética, técnica y sobre todo cromáticamente apabullante, pero dramáticamente infantil, es la nueva película de los hermanos Wachowski, "Speed racer", que verá la luz de los proyectores comerciales este próximo fin de semana en medio mundo.

Había leído que la cinta tenía algo que ver con una serie de dibujos animados que solía contemplar de niño (hablo de los lejanos años 60, a finales de la década), "Meteoro" y de la que recuerdo los escalofríos que me entraban cuando un enemigo del protagonista decía con voz de ultratumba "Melange todavía vive". También -estos pasados días- me leí las críticas de Variety y Hollywood Reporter, que coinciden en mucho con mi apreciativo párrafo inicial. Mucho ruido para una nuez hueca.

De entrada me sorprenden muchas cosas. Primero el por qué a estas alturas de la película del siglo XXI Hollywood se interesa por un personaje del que creo que casi todo el mundo se ha olvidado. Al menos por estos lares europeos. Quiero decir que nada que ver con otros personajes tipo Bugs Bunny, los Picapiedra o los superhéroes de la Marvel que queramos o no han sobrevivido con reediciones o nuevas aventuras hasta el presente. Tampoco entiendo qué pintan en este circo los Wachowski, salvo que tras "Matrix" hayan quedado a cero de ideas y se hayan metido en este berenjenal para jugar y volver a llenar sus arcas monetarias.

Y es que sin que me parezcan obras maestras, las pelis de Neo y compañía, tenían infinitas pretensiones y no desdeñables resultados comparadas con este cuentecito infantil, que ni siquiera puede decirse que vaya dirigido a adolescentes, sino claramente a niños, tal vez enganchados de los videojuegos de coches, pero niños al fin y al cabo.

Porque el guión, que ha pasado por tropecientas manos, incluidas las de los propios Wachowski, es de una falta de originalidad supina. Se resume en un muchacho que desde niño ha vivido por motivos familiares una adicción por la velocidad y las carreras de coches, a las que se dedican su padre y hermano, y ya de mayor, tras la oferta de un magnate que parece vestido por Agatha Ruiz de la Prada para fichar por su escudería, corre para desenmascarar sus corruptos manejos. No hace falta que les diga como acaba la fiesta.

Yo no iba engañado. Ya digo que había leído los comentarios de los colegas yanquis, pero pensaba que me enfrentaría, como tantas otras veces, al típico producto "made in USA" lujosamente empaquetado de efectos especiales, CGI... en fín, el típico espectáculo. Pero no, "Speed racer" es visualmente agresiva. Me pasé las más de dos desesperantes horas rogando que el proyector se jodiera y tanteando las butacas colindantes en una búsqueda refleja del mando a distancia, para bajarle el color, saturado no, saturadísimo durante todo el metraje. Cómo echaba de menos aquella tele en blanco y negro donde veía "Meteoro" sin estas estridencias cromáticas.

Se supone que han querido darle un "look" de videojuego en las antípodas no sólo del realismo, sino incluso de las leyes de la gravedad, lo cual contribuye aún más a no creerte nada. Y eso, apenas a los 10 minutos, cuando aún quedaban dos horas para el "The end".

Finalmente, sigo sorprendido de la capacidad de selección que tienen actores que personalmente admiro, como Susan Sarandon, John Goodman y Christina Ricci, quienes no creo necesiten este tipo de trabajos "alimenticios" por muy bien pagados que estén.

Me niego a aceptar que los comics o los dibujos animados, por simples que sean, deben ser reinventados en encefalograma plano. Hay más que estimables o al menos entretenidas adaptaciones, como la muy reciente "Iron man", donde claro que hay buena parte de lo que aquí encontramos, pero la pirotecnia arropa verdaderas historias, no boberías de jardín de infancia. Un auténtico peñazo del que hay que huir, a la velocidad de un meteoro...

viernes, 2 de mayo de 2008

Desaparecida Martha


¿Qué habrás hecho, querida Martha, para merecer ese castigo, esa marginación? ¿Será por "sudaca", por mujer o por rebelde? Te he buscado y no te he encontrado. Bueno, sí, veo tu lindo rostro entre el de Forest Whitaker y el de Hugh Laurie en la versión española y tu cuerpecito serrano y tabasqueño en bikini, en una esquina de la versión gringa... pero ni en un país ni en el otro tu nombre aparece por parte alguna.

Hablo de los carteles de la película "Dueños de la calle" (Street Kings), la que protagoniza Keanu Reeves, y que recientemente se ha estrenado en todas partes. Como decía, tanto en la edición USA como en la española no encuentro impreso el nombre de esta mexicana chaparrita y dulce, aún de rasgos adolescentes pese a estar próxima a cumplir 25 años.

Hasta seis nombres de los machos del reparto aparecen en el cartel gringo, por sólo cuatro en el español, pero mi pobre Martha se mantiene oculta al cinéfilo. Tendrán que entrar al cine para verla un buen rato en pantalla y leer su nombre y apellido en los títulos de crédito.

Me pongo a pensar en la ilusión que le habrá hecho rodar en Hollywood y nada menos que con Keanu de cuerpo presente. Mudada a Hollywood le sale esto... y luego imprimen el cartel y la palabra Higareda (debe sonarles a chino a esos gringos) es olímpicamente ignorada.

Esto te pasa, Martha, mi vida, por no leer la letra pequeña del contrato, que debe decir que como mexicana, sudaca, chaparrita y mujer, sólo mereces salir como objeto decorativo en los carteles, haciendo bonito, pero importa un carajo quién seas. Basta con que exhibas o tu sonrisa o alternativamente tu bikini.

Digo yo que al menos en este país de mi pasaporte, donde acabamos de inaugurar un Ministerio de la Igualdad conducido por cierto por una señorita bastante atractiva (Igualdad genial, pero "¡vive la différence!"), deberían meterle un puro a la Fox por "desaparecer" a la única chica del reparto de este "thriller" sobrado de testosterona.

En fín, que espero que este mal primer paso no marque tu carrera y que llegues tan lejos en Hollywood como mi idolatrada Salma, aunque no se Martha si tienes la cabeza tan bien amueblada como ella, que antes de no aparecer en un cartel le sacaría los ojos al mismísimo Rupert Murdoch.

jueves, 24 de abril de 2008

No es festival para españoles

Cannes se alimenta de sí mismo. Un año más figuras que han triunfado en el festival, ya sea en la Sección Oficial o en las paralelas, vuelven a ser convocadas, con escaso espacio para la novedad, al menos en ese apartado rey, cuyos protagonistas suben la escalera del Palais des Festivals sobre una mágica alfombra roja. Este 2008, la cosecha incluye históricos ganadores como Clint Eastwood, los hermanos Dardenne, Wenders, Egoyan, Soderbergh, Walter Salles, Nuri Bilge Ceylan o Lucrecia Martel, y una única opera prima, aunque de un profesional sobradamente conocido como guionista, Charlie Kaufman.

Programar un festival como el de Cannes es a la vez mucho más fácil que la mayoría de los de inferior categoría, porque a todo el mundo le apetece estar allí, y a muchísimos optar a una Palma de Oro. Prácticamente se tiene acceso a todo lo mejor hecho en el mundo en los meses previos. El problema es que sólo una veintena de títulos cabe, y las presiones son numerosas, empezando por las franco-francesas. Luego, las de las coproducciones, los institutos del cine, etc... O sea, que es jodido.

El cine español nunca ha tenido un lobby poderoso. Apenas coproduce con Francia, y ello explica el bajo número de títulos que desde que tengo uso de razón y desde que empecé a visitar ese mítico certamen -hasta hartarme- han competido por las Palmas. Quizás alguno de ustedes piense que además es bastante malo, lo cual no voy a discutir, pero les aseguro que he visto verdaderas cacas encerrado entre las rojas paredes del Palais, junto a algunas buenas películas, claro.

Este año, de nuevo el desierto: ningún director español en los dos apartados principales, la Sección Oficial y Un Certain Regard. Incluso ninguno en la Semana de la Crítica. Habrá por lo que sé al menos uno (catalán) en la Quincena... pero me parece lamentable. No es nacionalismo. Para empezar soy vasco... Simplemente creo que no obedece esta ausencia a criterios de objetividad comparativa. Puede que un año no haya entre 100 películas española una realmente buena y digna de estar allá... ¿Pero un año y otro, y otro? No me parece que el cine italiano sea hoy por hoy mucho mejor que el español... Pues mira, dos películitas nada menos en la S.O. de esta 61 edición.

En Cannes, ahora y antes de que las películas las seleccionara Thierry Fremaux, lo español no cae bien, con la casi única excepción de Almodóvar y algunos inteligentes productores catalanes que se han buscado socios in-situ para colocar sus películas en apartados paralelos. Como consuelo, siempre reviso la documentación, esa letra pequeña en las fichas técnicas de los títulos a concurso, donde aparece que tras un director israelí, argelino, mexicano o taiwanés se esconde un coproductor francés que ha puesto sus euros y ha presionado a quien corresponda para que su peli sea vista con más cariño que las demás. Normalmente más de la mitad, cada año, tienen algún coproductor francés. Por eso siempre digo que Cannes es el Festival Internacional del Film Francés.

viernes, 18 de abril de 2008

El patinazo de Coixet

Me imagino que por mucho ego que pueda tener, en el fondo del alma de Isabel Coixet debe anidar si no el arrepentimiento al menos la duda respecto del acierto de meterse en Hollywood por la puerta falsa de este trabajo "de encargo". Su adaptación de una novela de Philip Roth, "Elegy", llega este fin de semana a las salas españolas dos meses después de ser lanzada con escaso eco en el Festival de Berlín y como primer estreno comercial, incluso antes que en Estados Unidos.

No es que trabajar con guiones ajenos sea malo por definición, incluso para directores con experiencia previa en la escritura. Hay ejemplos de todo lo contrario. Las últimas películas de Cronenberg, por ejemplo, son bastante mejores que la mayoría de las que él mismo escribió. El problema, en este caso, es que el guión de Nicholas Meyer, de quien recuerdo con mucho cariño su "Los pasajeros del tiempo", se queda muy corto, en lo dramático y lo sexual.

"Elegy" es la historia de un veterano profesor que tiene por costumbre seducir cada año a alguna de sus jóvenes alumnas justo al acabar el curso. En la novela original de Roth, "El animal moribundo", se justifica la profunda pasión que surge entre estos dos personajes por el sexo, en unas muy satisfactorias relaciones eróticas. Podemos encontrar referencias recientes a algo parecido en la excelente cinta de Ang Lee "Deseo, peligro", donde otra pareja de sentimientos imposibles se deja arrastrar por un laberinto sexual que acaba en amor ciego.

La diferencia es que Ang Lee pudo imponer su visión y se arriesgó a que -mostrando en pantalla esas intensas relaciones de cama- fuera censurado en China y en Estados Unidos padeciera la "maldita" clasificación "NC-17". Sin embargo, Coixet, quien por cierto en su día aseguró que "Elegy" sí mostraría esas imprescindibles escenas de sexo, posiblemente se topó con una compañía, Lakeshore Ent., que no estaba dispuesta a llegar más allá de la "R" y al final la película se le ha quedado coja. Porque nada explica o justifica el por qué de esa improbable relación de "amour fou" entre una veinteañera y un sesentón, que -a diferencia de previas aventuras del profesor- se convierte en una experiencia pasional y devastadora.

Tampoco ayuda el que las escenas de cama, nada explicitas, sean fotografiadas por Coixet en plan parkinson, como si quisiera de esa temblona manera transmitirnos lo que no le han dejado mostrar. Ojo, no estoy reclamando pornografía. "Deseo, peligro" no es pornográfica. Tampoco lo es, por ejemplo, "Infiel", pero en ambas el espectador puede captar perfectamente que las respectivas atracciones amorosas tienen un evidente origen sexual. "Elegy", aparte de aburrida, es demasiado "light" para resultar creíble. Tampoco hay que echarle toda la culpa a la directora catalana. Los primeros que patinaron fueron los de Lakeshore, que quizás pretendieron hacer más comercial una historia "de autor" (volvemos a pensar en "Deseo, peligro") que desde luego no tiene el menor atractivo para un público juvenil mayoritario. Y puesto que la adaptación de Roth sí podría interesar a una más minoritaria audiencia adulta, por qué no dotarla de alas de libertad suficientes para no desvirtuar el material original. Otros lo hicieron y les funcionó. Me temo que esta "ni chicha ni limoná" firmada por Coixet pasará rápidamente al olvido.

miércoles, 16 de abril de 2008

Una torpe invitación

Torpeza es la palabra que mejor resume, según mi opinión personal, "Todos estamos invitados", la última cinta de Manuel Gutiérrez Aragón, y la primera quizás de un cineasta español de dilatada trayectoria sobre la situación de violencia política en el País Vasco. Estuve en su presentación en Madrid, y agradezco al propio cineasta cántabro una frase que le voy a tomar prestada: "No hay que juzgar a las películas por sus intenciones, sino por sí mismas". Justamente, de eso se trata. Me parece loable que el prestigioso realizador, ex presidente de la poderosa Sociedad General de Autores y ahora de su fundación, se moje para denunciar la sinrazón del terrorismo, lo injustificable del tiro en la nuca a quien piensa diferente y se opone a la lucha de "liberación nacional", pero lo importante es lo que se ve en pantalla, hable de ETA o del efecto mariposa. Y ahí aparecen los problemas.

El primero es un guión que demuestra que trayectoria y fama no siempre coinciden con talento. Sorprende ver a Gutiérrez Aragón y a la actual presidenta de la Academia, Angeles González-Sinde, firmando un texto chapucero, obvio, que choca con la trayectoria de ETA, que convierte a un amnésico en aparente retrasado mental, hace que un habitual asistente a cenas de sociedad gastronómica donostiarra olvide que tiene una la víspera del día del patrón de su ciudad (y despida a su guardaespaldas) y pone a un cura a leer tranquilamente el periódico, sentado en una silla al lado del altar mayor de su iglesia...

Son torpezas dignas de un primerizo, pero no de dos profesionales de prestigio. Da la sensación de que tenían que apañar el asunto deprisa y corriendo y a otra cosa. No le han puesto pasión. No han investigado suficiente. No han cuidado los detalles. Y todo ello, cuando se habla de una realidad tangible, de unas situaciones que no son verdaderas pero pudieran serlo en cualquier momento, resultaba imprescindible.

Oscar Jaenada se esfuerza, pero choca con ese guión empeñado en transformar la confusión mental y posiblemente el dilema moral en un estado que roza la subnormalidad. Coronado es un tipo atractivo que ha conseguido en alguna contada ocasión ("La caja 507" y poco más) interpretar con cierta credibilidad, pero desde mi punto de vista nunca ha sido un buen actor y aquí también anda perdido por el mismo problema de base, su texto.

Finalmente, la realización de Gutiérrez Aragón es rutinaria, plana y de nuevo torpe. Se trataba de cubrir el expediente y punto. Simpatizamos con sus intenciones, pero hay algunas otras aproximaciones a la tragedia vasca con mayores alicientes cinematográficos, como "Yoyes", "Ander eta Yul" o "Días contados".

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