jueves, 2 de octubre de 2008

De los juegos florales al Congreso de Cultura

Los Juegos Florales han caído en desuso. Ya casi no se reúnen los rapsodas y poetas para lanzar al aire sus ripios. Ahora se llama Congreso de Cultura Iberoamericana y por primera vez se está celebrando en México, con el cine como punto de atención.

Mucho me temo que este evento va camino de ser un considerable fiasco, un paño caliente de rápido enfriamiento, una reunión de amigos a cuenta del erario público... Anunciado a bombo y platillo por las autoridades culturales españolas y mexicanas, su globo de deshincha hora a hora. De la primera lista de personalidades invitadas se han caído nombres importantes, aunque mejor esperar al final antes de contrastarla con la realidad.

No discuto la necesidad primero de reivindicar la existencia de una cultura común iberoamericana, que en el cine tiene una de sus manifestaciones más populares, y segundo de buscar la fórmula para que lo que nos une se convierta en un mercado. Por mucho que Wall Street tiemble, hay capitalismo para rato, y el cine es una industria que se justifica por el negocio y los beneficios. Hay que encontrar la manera de que los productos circulen por todos los países del área cultural iberoamericana y obliguemos a los norteamericanos a dejarnos un hueco en nuestras salas, logrando por supuesto que el público se familiarice con otros acentos y otros actores.

El problema es que tal y como está planteado y con los invitados que están acudiendo el Congreso que se celebra en el Centro Nacional de las Artes no va a representar el más mínimo avance en este terreno. Mucho funcionario cantará las alabanzas de sus respectivas fórmulas nacionales de apoyo al cine, pero ¿dónde está la verdadera industria, los productores, los distribuidores, los exhibidores? ¿Quién planteará o quienes aprobarán soluciones?

Invito a cualquier interesado en echar una ojeada a la página oficial del evento, donde la lista y los horarios de las mesas redondas, pero deben de tener tan poco claro quien participará en ellas que sólo en algunas aparecen los panelistas.

Todos los aficionados sabemos que la vanguardia de este negocio está en los creadores y sobre todo en los que dan la cara, los actores. Con excepción de Antonio Banderas, ¿qué otras figuras internacionales del cine latino están en Ciudad de México? Por supuesto muchas viejas glorias con escasísima representatividad en las taquillas, como Oliveira, Ripstein, Littin o Saura se han apuntado al bombardeo, pero y los que sí llenan las salas... ¿Donde están los "tres amigos", los Del Toro, Iñárritu y Cuarón, por no hablar más que del talento local...

Este martes se hizo una mesa redonda de actores. Veo la foto: Cuatro actores mexicanos, tres españoles y un urugüayo... ¡Vaya representatividad iberoamericana! Al menos Banderas justificó la presencia de las cámaras...

Si al menos éste fuese un evento que por su presencia de figuras populares (no de dinosaurios, con perdón) resultara mediático dejaría algún tipo de poso, pero aparte de renunciar a unas conclusiones creativas y con consecuencias a medio y largo plazo, también se ha renunciado -o por incapacidad se ha fracasado en el intento- a tener colorín.

Esperemos que alguien en las dos próximas ediciones anunciadas, las de Brasil y Colombia (en las que el cine previsiblemente no tendrá el mismo protagonismo que en esta), considere que aparte de los Juegos Florales hay que regar las plantas para que crezcan.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

San Sebastián, desde lejos

Otro festival de San Sebastián que comienza y otra edición a la que no puedo acudir. Antes intentaba no perdérmelo. Era más fácil puesto que tenía casa familiar allí (es mi ciudad natal). Pero bueno, el tiempo pasa, la gente muere o se muda... Y ahora entre el trabajo y el alto costo de pasar 10 días allí, tengo que privarme.

Tampoco se acaba el mundo. Muchos años estuve allí y poco o nada ha evolucionado el certamen donostiarra. Ha crecido, el Kursaal es feo, mucha más gente, muchos más periodistas... La nostalgia es uno de mis pecados capitales, así que no voy a abundar en la bondad del tiempo pasado. Lo que no cambia es el optimismo visceral de sus organizadores. Mikel Olaciregui, su director, sigue diciendo que el donostiarra es el cuarto festival del mundo. Tengo mis dudas sobre si olvida a Sundance y Toronto, o se considera por delante de Berlín o Venecia. Ambas cosas son temerarias.

No puede dudar Olaciregui y su equipo que Toronto está considerado si no como el primero al menos el segundo (tras Cannes), y la prueba la tiene en que más de la mitad de las pelis que ellos han seleccionado en su sección oficial resulta que se estrenaron mundialmente en el certamen canadiense. Si, allá no hay concurso, pero lo importante no es si se llevan o no premio, sino qué festival logra la primicia de esos títulos.

Con permiso de Locarno o Rotterdam, podríamos discutir si el donostiarra es el cuarto mejor... de Europa, pero el "ranking" tampoco es tan importante. Si les hace felices autoconvencerse de que Donosti es el cuarto del mundo, adelante. Luego pueden decir que el txakolí es el tercer vino blanco mejor del universo y el funicular de Igeldo el más "chic" de la galaxia.

El caso es que mi ciudad es una de las más bellas de la tierra, que se come muy bien, y que hay mucho cine para ver y disfrutar. Eso es suficiente para pasarlo bien durante el festival. Si de veras quieren competir, tendrían que cambiar demasiadas cosas, y eso sería traumático para muchos, empezando por las fuerzas vivas de la localidad.

De la cosecha de este año, sin embargo, debo felicitarles por haber conseguido la última cinta de Kim Ki-duk, un peso pesado del panorama festivalero, que no acabo de entender por qué no estuvo estrenándola en Venecia o Toronto. Si pensamos mal, podríamos deducir que su "Dream" no hay por dónde agarrarlo, pero el mundo del cine y sus relaciones son muy complicadas, así que mejor me espero al pase de la peli en el Kursaal antes de aventurar el motivo del éxito donostiarra.

Personalmente, sigo lamentando que sus seleccionadores apuesten de nuevo por Europa (ahora también por Asia), porque a eso ya juegan los dos festivales antes citados y el resto. Si yo fuese el responsable jugaría la carta iberoamericana. En ese terreno sí que se puede ser ganador y acaparar estrenos mundiales, que es de lo que se trata, por si no lo saben.

También hay que felicitarles por Meryl Streep... Por fín no hay restos de serie para el Premio Donostia. El palmarés de estos últimos años salvo excepciones era más bien lamentable. De Antonio Banderas no voy a decir nada, porque es una bellísima persona y se merece todo lo bueno que la vida le conceda.

Aunque de lejos, seguiré atento al certamen donostiarra, porque ha sido parte de mi vida, parte importante.

domingo, 7 de septiembre de 2008

San Ernesto Guevara

Este fin de semana fui a ver "Che: El argentino", a sala llena (no era muy grande), lo cual fue toda una satisfacción. El estreno de la primera entrega del díptico de Steven Soderbergh sobre Ernesto Guevara, primero comercial tras el lanzamiento mundial en Cannes, ha hecho bastante ruido en España, país que en buena medida ha financiado la doble "biopic". Lo pasé bien, aunque no sea una obra maestra y se eche de menos una mayor distanciación crítica hacia el personaje histórico retratado.

Y es que "Che", al menos en su primer capítulo, es una hagiografía en toda regla, un canto a la personalidad heroica del revolucionario sin patria, con un alto sentido del deber, humanista, justo y justiciero... y hasta guapo. Me recordaba a aquellas películas de vidas de santos que veía en los bajos de la catedral donostiarra del Buen Pastor, complementarias a la catequesis. Al Che de Soderbergh sólo le falta hacer milagros... suponiendo que la toma de Santa Clara no lo fuera.

Guevara es un personaje histórico muy interesante y es difícil no simpatizar con su lucha, pero hubiera agradecido algún detalle "negativo" o al menos dudoso, oscuro, ambiguo... Sin embargo, el único vicio del Che Benicio son los benditos habanos... A su lado tiene a la amantísima Catalina Sandino, que bien merece unos cuernos, pero el comandante sólo piensa en la familia de dejó en México y no muestra debilidades humanas, alguna tos aparte.

Me encantó Demián Bichir, que ha trabajado con virtuosismo la recreación de Fidel, borrando su propio acento mexicano para adquirir el tono monacal del comandante supremo. Puede que fisicamente no se parezcan tanto, pero con esa voz te lo crees desde el primer minuto.

Quizás esta muestra de cine bíblico-revolucionario se salga un poco de la vía apologética con el personaje de Camilo, en el que se atisba simpatía y humor, o sea humanidad, frente al resto de los apóstoles. Ha sido el venezolano-chileno Santiago Cabrera el encargado de dar vida a Cienfuegos. El casting, una especie de "Iberoamerican All Stars", es de lo mejorcito de la película, aunque en algunos casos patine el acento. Sobre todo en el brasileiro Rodrigo Santoro (Raúl Castro) o la española Elvira Mínguez (Celia Sánchez), pero también se echa de menos un soniquete más argentino en Del Toro-Guevara, que -aparte de decir "Che" profusamente- suena siempre a caribeño.

Pero bueno, la película se disfruta, sobre todo si como yo dejaste parte del corazón enterrado en Cuba, y además, nadie es perfecto... salvo el Che...

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Cine de autor y otros demonios

El cine de autor está en crisis. Sí, ya sé que su situación si exceptuamos una década a caballo entre los 60 y los 70 nunca ha sido boyante, pero ahora diversos síntomas muestran señales de putrefacción nada tranquilizadoras. Desaparecen o se concentran productoras, se reduce su mercado, menudean los espectadores, los festivales no encuentran buena materia prima...

Lo primero sería definir qué es o qué entendemos por cine de autor, una polémica tan vieja como la del cine independiente, que es una forma moderna de llamar a casi lo mismo. Se supone, o así lo entendíamos en mis tiempos de cinestudios y arte y ensayo, que es cine de autor el de aquellos cineastas que disponen de la máxima libertad creativa, la cual no queda mediatizada por un estudio o un productor. El problema surge cuando algunos directores alcanzan tal poder que se convierten en sus propios productores, y negocian de tu a tu con los financieros hasta conseguir abultados presupuestos que no difieren de los que de las superproducciones diseñadas como simples productos destinados a alcanzar rápida rentabilidad. Hablo por ejemplo de un Spielberg o un Cameron. En el extremo opuesto nos encontramos con otro palo en la rueda de nuestra definición: la de aquellos productores-autores que acaban mediatizando a sus directores y se empeñan en meter mano en guiones, castings o campañas de promoción. Estoy pensando en Querejeta, por ejemplo, cuando se peleó con Erice por "El sur".

En cuestiones de cine, amigos míos, hay pocas verdades eternas, escasas certezas y definiciones nada universales.

El otro día leía una anotación en el blog de Peter Bart, editor de Variety, sobre lo que ellos llaman "Art House Movies", equivalente a nuestro cine de autor, en el que las calificaba como "especie en peligro de extinción". Y es que las cifras de taquilla bajan cada año para esos títulos, ante el desinterés del público. Ahora mismo estamos viviendo en Venecia la mala acogida recibida por la mayoría de las películas presentadas, que podríamos situar en ese mismo género.

Hay demasiadas circunstancias negativas: Escasea la audiencia, se multiplican los nuevos autores que graban cualquier cosa con su cámara HD, los viejos dinosaurios han agotado su talento pero siguen copando muchos espacios, y quedan demasiado lejos las fascinantes obras de los directores italianos, franceses o independientes americanos de los 60 o los 70.

No podemos pedir al aficionado, sobre todo a los más jóvenes que se han criado en la teta derecha del videojuego y la izquierda del videoclip, que soporte espesas contemplaciones del ombligo o plácidos crecimientos de la hierba en las puestas de sol. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

En el fondo, al cine de autor le pasa igual que al de los grandes estudios: el talento se hace cada vez más raro. Falta interés en las superproducciones repletas de efectos digitales y escasea entre los autores. Quizás la diferencia radique en que a las primeras les basta con llenar salas el primer de semana y con ello se dan por satisfechas, y en cambio a los segundos les importa un carajo lo que opine el público, porque ellos están por una parte subvencionados y por otra más que convencidos de haber hecho una obra maestra. Siempre habrá un par de críticos estructuralistas que encontrarán arte donde sólo los demás sólo vemos un soberano coñazo.


sábado, 9 de agosto de 2008

Chicas de Lviv

Estoy en Lviv, Ucrania, una ciudad de la que hace un mes ni conocía su existencia. ¿Que qué hago aquí? Bueno, sería largo de explicar... Soy un animal de costumbres con una periódica doble personalidad aventurera. Me encanta una vida monótona y tranquila, hasta que decido ayudar al guionista de esta puta vida a dar un giro inesperado. Al fin y al cabo esa es la sal de la existencia, un libreto anónimo para una película en la que actuamos por intuición, pero que va volviendo interesante, ya que la trama es cambiante e imprevisible. Me dirán que el final lo conocemos todos, pero yo soy de los que piensan que parte del interés de llegar al desenlace está en el qué pasará luego, si habrá secuela o "remake", cuando terminen los títulos de crédito y se enciendan las luces de la sala.

Aunque advierto que hoy no les hablo de cine, porque mi presencia en esta hermosa ciudad ucraniana, centroeuropea, con una larga historia de posesiones polacas y austro-húngaras, nada tiene que ver con el Séptimo Arte, sino con vacación y locura, con la búsqueda de una quimera. Lviv, en este agosto, estalla de luz y de vida. Sus habitantes llenan las calles, rodean los monumentos de estilo neoclásico, las iglesias de cultos católicos polacos y ortodoxos, disfrutan de los bulevares y las avenidas, se sientan en las terrazas de los bares repletas de flores... Pero sobre todo, para mí, Lviv es el escenario para una diaria recaída en el mal de Stendhal, el doloroso disfrute de un espectáculo artístico que no es séptimo, sino primero: las mujeres.

Lo siento, puedo parecer prosaico, pero desde mi tierna infancia he considerado al elemento femenino, con todas sus contradicciones e inexplicables comportamientos, como un espectáculo de belleza y gracia. además de una presencia necesaria para la felicidad (e inevitable infierno de dolor en ocasiones). Mujeres hermosas las hay en todas partes. Lo que diferencia un país o una ciudad es la cantidad y la calidad. Y aquí, ambas son supremas. Las ucranianas sólo son comparables en belleza a colombianas o venezolanas, aunque obviamente en un estilo bien distinto. Aquí tienen -además- gracia y elegancia, a veces sencillez, a veces sofisticación, pero siempre encanto.

Disfruto sentándome en una terraza o en banco de un paseo, y viéndolas pasar, solas, en parejas o grupos, con los novios, maridos o niños... Preciosas ninfas de largos y lacios cabellos rubios, morenas con flequillo y narices respingonas, jóvenes de rasgos eslavos o de simple e indefinible belleza sin patria de la que llena las revistas de modas, ojos de gatas, largas piernas de modelos de pasarela, en ocasiones redondas curvas mediterráneas... Un regalo del cielo o del guionista de mi vida por el que estoy francamente agradecido.

Ni que decir tiene que me conformo con mirar y suspirar. Por costumbre y porque aquí todas o casi todas no saben inglés y sólo hablan ucraniano o ruso. Además sería turbar su tranquilidad y quizás romper el encanto de lo bello e inalcanzable. Me conformo con miradas furtivas, contemplaciones a distancia, fantasías e imaginaciones de lo que nunca ocurrirá... o como diría Julieta Venegas... de lo que no merezco o quizás sí, pero aunque yo quiera, ellas no.

viernes, 8 de agosto de 2008

Humo, alcohol y ambiciones

Acabo de terminar la primera temporada de la serie televisiva "Mad men", creada por Matthew Weiner. He de reconocer que llevo unos meses sumido en la adicción a las series... a las buenas, quiero decir. Sin embargo, asumo que el grado de "enganche" que pueden crear no debe diferir del que sufren las amas de casa o las jovencitas que no se pierden un capítulo de los culebrones latinoamericanos. No sé muy bien como empezó... Quizás fuese por culpa de "A dos metros bajo tierra". La familia Fisher se convirtió durante cinco temporadas en gente tan próxima como mi propia familia. Cada uno de sus miembros tenía algo entrañable para mí. Me reconocía en sus miserias, alegrías, errores y triunfos. La gran virtud de las buenas series, y ahí creo que nadie mejor que la última hornada de guionistas y productores norteamericanos desde principios de este siglo, es que son tremendamente creíbles por su humanidad y realismo.

Lo mismo le pasa a "Mad men", un retrato de personajes en una época de trascendental cambio de costumbres, los años 60. Creo que se pasan un poco con los cigarrillos (todos fuman, incluso las embarazadas...) y algo con el alcohol (chupan whisky como secantes), pero la reconstrucción de la época es brillante, así como su "casting". Sin embargo, lo mejor son sus guiones, en los que se refleja la mediocridad, la grandeza, la villanía, la ambición, la debilidad, el miedo, las contradicciones... todo eso que somos como personas y que no ha cambiado en 40 años... o quizás en 40 siglos.

Si nos fijamos en las grandes películas de Hollywood -y hoy la televisión de ficción después de décadas de ser puro entretenimiento vacuo se ha convertido en heredera de su mejor época- basan su éxito en su universalidad. Nada más universal que el ser humano. Por encima de nacionalidad, religiones y costumbres somos iguales, nuestras pulsiones son intercambiables. Estamos hechos del mismo barro, a ratos hediondo, a ratos brillante. Y de ese tintero sacan sus líneas los guionistas de "Mad men".

Hoy leo que los "creadores" de la serie (?), que emite en USA la cadena AMC y en España Canal Plus y pronto Cuatro, adaptarán en formato de serie la cinta de Coppola "La conversación", y mantendrán la época (mediados de los 70) de la trama original. Espero ansiosamente el resultado, aunque por ahora aguarde mucho antes la segunda temporada de "Mad men", que acaba de empezar al otro lado del charco.

sábado, 19 de julio de 2008

La pervivencia de los mitos

Llega un nuevo "Batman", dicen que interesante (lo veré en pocos días) y se preparan al menos un par de proyectos sobre Sherlock Holmes. La mitología no cesa. Homenaje o plagio (o más bien simple negocio), regresan una y otra vez personajes del pasado, de las infancias, a veces sin el más mínimo atisbo de respeto.

Y cuando esto ocurre, normalmente el fracaso les acompañan. Lejos de mi intención y mi trayectoria vital parecer racista, pero muchos quedamos impactados al ver a Jim West convertido en Will Smith, seriamente disgustados al contemplar a Meteoro en un cocktail intragable de colores y animaciones 3-D o -hablando de Batman- al justiciero de negro, y a su "socio" Robin en una especie de pareja "gay" según Joel Schumacher. Está claro que el error no es de punto de partida, sino de desarrollo y resultado, y quisiera dejar claro que se puede desmitificar o caricaturizar a nuestros más queridos personajes, pero sin maltratarlos a ellos y a sus "fans". Un buen ejemplo es "La vida privada de Sherlock Holmes", de Billy Wilder, que humaniza con el arma de la ironía al estirado personaje de Sir Arthur Conan Doyle. También es estimable el cambio de timón en las aventuras de criaturas tan inagotables como 007 (véase "Casino Royale").

Particularmente, me sorprende bastante el empeño de los estudios norteamericanos por rescatar héroes del pasado de los que las nuevas generaciones tienen pocas referencias. Estoy pensando por ejemplo en el ya citado "Meteoro" o en el "Super Agente 86". Es evidente que Hollywood se mueve por criterios propiamente marketineros, y una de las reglas del negocio es buscar la familiaridad del consumidor con el producto. De paso, los propietarios de los derechos de aquellas vetustas obras de los años 60 pueden aprovechar para reeditarlas en DVD o revenderlas a las teles del mundo, y negocio redondo... Lo que ya no tengo tan claro es que los originales receptores de esos productos sean aún el mercado natural de las nuevas versiones. Cuarentones o cincuentones apenas pisamos los cines.

Si se dan cuenta, los mitos primero vinieron de la literatura (Tarzán, Sherlock Holmes, los Tres Mosqueteros, James Bond...), luego del cómic (Batman, Supermán, Flash Gordon y la factoría Marvel...) y ahora finalmente de la tele. Quizás el día de mañana aparezcan nuevos héroes creados para internet. Si todos ellos acaban o permanecen en el cine será que el Séptimo Arte, a pesar de las pantallas de plasma y el olor a palomitas de maíz, sigue vivo.

jueves, 26 de junio de 2008

Pedro y la Pérfida Albión

Pedro Almodóvar ha respondido al crítico de The Guardian que le culpó de "monopolizar" la distribución internacional del cine español. Acabo de leer ese texto y sólo al principio y de pasada Paul Julian Smith cita al manchego, para luego comentar algunas de las cintas del Festival de Cine Español que se ha desarrollado en la capital británica. Tan exagerada es la afirmación del columnista inglés como la respuesta de Pedro, por un simple rasguño en el fondo no tan malintencionado.

Obviamente a cualquiera con dos dedos de frente se le ocurre que ni Pedro Almodóvar ni Martin Scorsese tienen mucho que ver con la distribución de sus películas por el mundo. Las hacen, y por lo bien que las hacen -o las han hecho- son compradas y estrenadas. Ni ellos ni ningún otro cineasta, incluso siendo a la vez productor, tiene la potestad de decidir dónde y cómo se estrenan sus cintas, porque son empresas foráneas las que las adquieren. No hay cupos. Dudo que una distribuidora británica se plantee comprar 2, 3 o 20 películas españolas, ni los exhibidores les limitan ese número. Simplemente compran aquello que consideran les resultará rentable. Para bien o para mal (yo creo que para bien) las películas de Almodóvar son adquiridas en todo el mundo, porque es el cineasta español más universal. La industria del cine no se rige por criterios de justicia, sino por los mismos que la de la alimentación o el automóvil: criterios de mercado. Como ciudadano de este reino, me encantaría que se distribuyeran muchas más películas españolas. De hecho muchas salen, se compran (sobre todo para TV) y circulan, aunque sus directores sean mucho menos conocidos. Hace poco Gutiérrez Aragón dijo que gracias a la piratería se podían encontrar en las calles chinas films españoles que nunca se estrenan en sus salas.

O sea, que Smith, como bien afirma Pedro, ha escrito una tontería. Lo que me sorprende es que el manchego, rodando ahora mismito en Lanzarote su nuevo film "Los abrazos rotos", pierda su tiempo -precioso, en buena lógica- para responder a un comentario marginal que descalifica a su autor como cualquier lector medianamente avezado es capaz de entender. Bien es sabido que los críticos viven en general de pontificar sobre lo divino y lo humano.

Quizás Almodóvar está demasiado preocupado sobre todo lo que sobre él se escribe. Entiendo que un texto argumentativo y prolijo -no es el caso del de The Guardian- merezca su comentario, pero vuelvo a insistir, el de Smith es un alegato en favor de que lleguen a Gran Bretaña más películas españolas, no un ataque contra Pedro Almodóvar y su cine. En cualquier caso, tiene razón el cineasta manchego en pedir que le deje a él tranquilo y llame monopolistas a los distribuidores de la "Pérfida Albión" que no compran demasiadas películas no anglosajonas. Por mi parte, sólo puedo expresar el deseo de que salgan en España muchos más Almodóvares con tanto talento para hacer cine y promocionarse como el original.

sábado, 17 de mayo de 2008

Quien de su mano muere...

El Festival de Sevilla, especializado en cine europeo, ha quedado descabezado. Su fundador, Manuel Grosso, ha visto esta semana aceptada su dimisión, un gesto no precisamente voluntario, sino consecuencia de la imposición por parte del Ayuntamiento de la capital hispalense de un modelo de gestión que recortaba claramente las funciones del fundador del certamen. El año pasado, la Andalucía Film Commission, que dirige Carlos Rosado, se ocupó de buena parte de su organización, y a principios de este año el mismo organismo se hizo con el control de otro festival de la región, el de Islantilla, del que hoy Rosado es director, convirtiéndolo en un certamen fundamentalmente de televisión.

Sevilla, en sus cuatro años de existencia, ha sobresalido como el más exitoso de los certámenes de reciente creación en España. Vino a llenar un hueco y logró un notable prestigio continental, unido a un suceso más que importante entre el público local que llenaba las salas para ver películas que difícilmente entran en los circuitos comerciales. En gran medida ha sido Grosso, con sus relaciones y su visión, el diseñador de este éxito.

Trabajé a sus órdenes como jefe de prensa en la segunda edición y programador en la tercera. Renuncié al puesto antes de la cuarta porque me interesó ampliar horizontes y trabajar para otros festivales de América Latina una parte del año. Intenté compatibilizarlo, pero no pudo ser...

El Ayuntamiento de Sevilla, mareando la perdiz, cedió a la sed de poder de la Andalucía Film Commission y de su responsable, cediéndole la gestión del festival. No puede decirse que ésta haya sido brillante: facturas sin pagar, oficina cerrada desde enero y contratos del personal no renovados. Todo ello complica mucho el mantenimiento del nivel alcanzado cuando faltan menos de seis meses para la celebración de la próxima edición.

La pregunta es obvia: ¿Qué pinta una Film Commission en este circo? Para quien no sepa qué es una institución de este tipo, he aquí una definición extraída de la web de la madrileña: "Una Film Commission es una entidad destinada a facilitar a los productores audiovisuales nacionales e internacionales toda la información que precisen para la realización de rodajes en un determinado lugar. Promociona con su trabajo la industria audiovisual y la propia zona en la que opera".

La andaluza, a pesar de que su actuación práctica supere visiblemente esos objetivos, no difiere mucho en cuanto a declaraciones. Así, en su web oficial cita tres finalidades: Promover Andalucía en el mundo como localización idónea para rodaje de producciones audiovisuales; Promover el sector audiovisual andaluz en el ámbito nacional e internacional; Agilizar la ejecución de los rodajes y auxiliar a las productoras en las posibilidades logísticas de Andalucía.

Por si quedaba alguna duda, basta con visitar la web de Association of Film Commissioners International (AFCI), donde nuevamente encontramos como finalidad de estas instituciones "asisitir a la producción de películas, televisión y vídeo a través del mundo".

¿Qué tiene pues que ver un festival de cine europeo y otro de Televisión en la promoción de los rodajes? Poco o nada... pero el hecho es que las ambiciones de poder del señor Rosado no conocen límite y mucho menos se dan por satisfechas con la verdadera función que tiene una Film Commission.

En buena lógica, Manuel Grosso, avalado por sus resultados, quiso garantizar el futuro del festival con la creación de una fundación o patronato que como ocurre con otros certámenes españoles mantuviera su autonomía. No se lo permitieron y le obligaron a dimitir.

Mucho me temo que a pesar de que ahora nombren a otro director, será Rosado y su Film Commission quienes lo controlen y -ojalá me equivoque- el prestigio que el Festival de Sevilla alcanzó se diluya. Es una pena, pero los políticos, para bien o para mal, mandan y deciden.

lunes, 5 de mayo de 2008

Nostalgia del meteórico blanco y negro

Estética, técnica y sobre todo cromáticamente apabullante, pero dramáticamente infantil, es la nueva película de los hermanos Wachowski, "Speed racer", que verá la luz de los proyectores comerciales este próximo fin de semana en medio mundo.

Había leído que la cinta tenía algo que ver con una serie de dibujos animados que solía contemplar de niño (hablo de los lejanos años 60, a finales de la década), "Meteoro" y de la que recuerdo los escalofríos que me entraban cuando un enemigo del protagonista decía con voz de ultratumba "Melange todavía vive". También -estos pasados días- me leí las críticas de Variety y Hollywood Reporter, que coinciden en mucho con mi apreciativo párrafo inicial. Mucho ruido para una nuez hueca.

De entrada me sorprenden muchas cosas. Primero el por qué a estas alturas de la película del siglo XXI Hollywood se interesa por un personaje del que creo que casi todo el mundo se ha olvidado. Al menos por estos lares europeos. Quiero decir que nada que ver con otros personajes tipo Bugs Bunny, los Picapiedra o los superhéroes de la Marvel que queramos o no han sobrevivido con reediciones o nuevas aventuras hasta el presente. Tampoco entiendo qué pintan en este circo los Wachowski, salvo que tras "Matrix" hayan quedado a cero de ideas y se hayan metido en este berenjenal para jugar y volver a llenar sus arcas monetarias.

Y es que sin que me parezcan obras maestras, las pelis de Neo y compañía, tenían infinitas pretensiones y no desdeñables resultados comparadas con este cuentecito infantil, que ni siquiera puede decirse que vaya dirigido a adolescentes, sino claramente a niños, tal vez enganchados de los videojuegos de coches, pero niños al fin y al cabo.

Porque el guión, que ha pasado por tropecientas manos, incluidas las de los propios Wachowski, es de una falta de originalidad supina. Se resume en un muchacho que desde niño ha vivido por motivos familiares una adicción por la velocidad y las carreras de coches, a las que se dedican su padre y hermano, y ya de mayor, tras la oferta de un magnate que parece vestido por Agatha Ruiz de la Prada para fichar por su escudería, corre para desenmascarar sus corruptos manejos. No hace falta que les diga como acaba la fiesta.

Yo no iba engañado. Ya digo que había leído los comentarios de los colegas yanquis, pero pensaba que me enfrentaría, como tantas otras veces, al típico producto "made in USA" lujosamente empaquetado de efectos especiales, CGI... en fín, el típico espectáculo. Pero no, "Speed racer" es visualmente agresiva. Me pasé las más de dos desesperantes horas rogando que el proyector se jodiera y tanteando las butacas colindantes en una búsqueda refleja del mando a distancia, para bajarle el color, saturado no, saturadísimo durante todo el metraje. Cómo echaba de menos aquella tele en blanco y negro donde veía "Meteoro" sin estas estridencias cromáticas.

Se supone que han querido darle un "look" de videojuego en las antípodas no sólo del realismo, sino incluso de las leyes de la gravedad, lo cual contribuye aún más a no creerte nada. Y eso, apenas a los 10 minutos, cuando aún quedaban dos horas para el "The end".

Finalmente, sigo sorprendido de la capacidad de selección que tienen actores que personalmente admiro, como Susan Sarandon, John Goodman y Christina Ricci, quienes no creo necesiten este tipo de trabajos "alimenticios" por muy bien pagados que estén.

Me niego a aceptar que los comics o los dibujos animados, por simples que sean, deben ser reinventados en encefalograma plano. Hay más que estimables o al menos entretenidas adaptaciones, como la muy reciente "Iron man", donde claro que hay buena parte de lo que aquí encontramos, pero la pirotecnia arropa verdaderas historias, no boberías de jardín de infancia. Un auténtico peñazo del que hay que huir, a la velocidad de un meteoro...

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